Immigration & Labor

Perder a Gloria

Después de que su madre fuera deportada a México, los hermanos Marin se enfrentaron a una decisión imposible: quedarse o irse.
Angel y Yesi Marin con los hijos de Yesi en el parador de tráileres donde vivían con su madre.
DIÀNA MARKOSIAN/CALIFORNIA SUNDAY MAGAZINE
Angel y Yesi Marin con los hijos de Yesi en el parador de tráileres donde vivían con su madre.

AVAILABLE IN ENGLISH.

  • Our partner

Fue poco después de la salida de la escuela, era uno de esos días brillantes y deslumbrantes en Phoenix, cuando Angel Marin, de diez años, descubrió que su madre se había ido. Iba rumbo a su casa después de clases, junto con Yesi, su hermana mayor. Se agacharon para cruzar el portón de metal del parque de casas rodantes —en gran parte de mexicanos— donde vivían, pasaron por el rosal que florecía y los columpios pintados de los colores del arcoíris.

Cuando doblaron la esquina hacia la calle K, vieron a su primo a la mitad de la cuadra. Sacudió la cabeza apresurándose hacia ellos. “No vayan a su casa”, les dijo. Las otras madres estaban afuera de sus tráileres, viendo a los chicos acercarse a su casa rodante.

En la sala había piezas de computadora esparcidas en el suelo, los sillones de pana estaban volteados. En la cocina, los alimentos se derramaban de los gabinetes al mostrador. Había un agujero en la pared. Las blusas brillantes y los jeans de su mamá estaban tirados por todas partes. Su madre, Gloria, había sido arrestada, y sus hijos no sabían por qué. “Nadie nos dijo nada”, dijo Yesi.

Key Findings

  • Cerca de 500,000 niños estadounidenses perdieron a un padre a causa de detención y deportación entre 2009 y 2013.

  • Más de 14,000 niños estaban bajo el cuidado del estado de Arizona en 2012—un aumento de casi 50% desde 2007.

Inmediatamente, Angel y Yesi, de 14 años, se pusieron a revisar el tráiler con sus otras dos hermanas: Evelyn de 15 años y Briza, la parlanchina de la familia, de tan sólo 7. Cuando Yesi entró a la recámara de su mamá, que estaba pintada con lunares morados, se quebró en llanto. “¿Por qué hicieron esto?” preguntó. Briza se paró a su lado temblando. Yesi volteó a ver a Evelyn. “Vamos a estar bien”, le dijo su hermana mayor. Los cuatro comenzaron a reacomodar los muebles y a doblar la ropa, como si limpiar el lugar fuera a darles un poco de calma.

Angel, que era flacucho, bajo de estatura y caminaba con desenfado, al verse como el único varón de la casa sintió que tenía que asumir la responsabilidad. No pudo dormir esa noche. Él y sus hermanas habían nacido en los Estados Unidos, pero su madre era mexicana e indocumentada. Angel sabía lo que le pasaba a la gente sin papeles. Una vez que los arrestaban, no regresaban.

La mañana siguiente del arresto de Gloria, el 22 de abril de 2010, Evelyn, Yesi, Angel y Briza se montaron la mochila y se fueron a la escuela. Hicieron un pacto de no decirle nada a nadie — ni a sus amigos, ni a sus maestros, ni a los niños de la iglesia. Angel sabía que si hablaba, se pondría a llorar, y no quería que nadie lo viera. Todo ese día anduvo cabizbajo, y cuando sus amigos le preguntaron qué pasaba, les replicaba “Nada”. Esa tarde, uno de los administradores del parque de casas fue a tocarles a la puerta. “Se tienen que ir”, les dijo. “No queremos estos dramas aquí.” Los chicos metieron su ropa, películas, muñecas, y videojuegos en bolsas grandes de basura y se fueron de ahí.

DIÀNA MARKOSIAN/CALIFORNIA SUNDAY MAGAZINE

Gloria Marin en su casa en Nogales, México.

Gloria, que era menuda y usaba el pelo esponjado con permanente, llegó a Phoenix desde Cuernavaca en 1992, cuando tenía 17 años. Pasó su primer año cuidando a los hijos de la mujer que la trajo atravesando la frontera y que pagó sus deudas. Durante los siguientes diez años, tuvo a sus cuatro hijos con tres padres diferentes, quienes resultaron o siendo violentos o abandonándola. Encontró trabajo limpiando casas y oficinas. Los fines de semana, antes de que amaneciera, toda la familia se subía a su camioneta e iban al tianguis, un mercado al aire libre con puestos cubiertos de lonas, donde vendían juguetes y dulces de tamarindo.

  • Best New Journalist

    Lizzie Presser fue galardonada con el premio Martha Coman Front Page Award for Best New Journalist por su trabajo con the Investigative Fund y The California Sunday Magazine.

Cuando Gloria consiguió un trabajo estable limpiando y cocinando para una mexicana en una zona privilegiada de la ciudad por $400 dólares a la semana, mejoraron las cosas. Gloria pudo pagar televisión por cable y Wi-Fi, y a veces podía llevar a sus hijos a comer a algún centro comercial cercano. Luego, de dos meses en su nuevo trabajo, la llamó su patrona desde la cárcel y le dijo que la habían detenido por conducir bajo la influencia del alcohol [DUI, por sus siglas en inglés]. Después de que la polícia arrestó a Gloria, ella se enteró de la verdadera razón: Su patrona estaba acusada de administrar casas abandonadas: casas donde los inmigrantes podían pasar la noche de camino hacia el norte.

Según los fiscales, Gloria era su cómplice: “la recadera”. Según la ley de Arizona, ella tenía que asumir los mismos cargos que su patrona: desde tráfico de personas, secuestro, hasta el control ilegal de una empresa entre otros. Gloria dice que ella no sabía lo que estaba haciendo su jefa, pero los fiscales no necesitaron demasiada evidencia para aplicar los cargos. El abogado de Gloria me dijo que en los casos de complicidad sólo necesitan un argumento convincente de que el acusado tenía conocimiento de lo que estaba pasando y de que estaban participando de alguna forma.

Aproximadamente medio millón de niños nacidos en los Estados Unidos perdieron a sus padres por arresto, detención y deportación entre 2009 y 2013. La mayoría de aquellos que perdieron a un padre o madre soltera, como los Marin, se mudaron con algún familiar o con amigos. Pero si no hay nadie que vea por ellos, el sistema de asistencia a menores toma el control. En el momento en que Gloria fue arrestada, el Servicio de Protección a Menores de Arizona [CPS, por sus siglas en inglés] se encontraba en crisis. Debido a la recesión, el estado había recortado el presupuesto de la institución y despidió a cientos de trabajadores justo cuando una oleada de niños entraba al sistema. No pasó mucho tiempo cuando la institución, que no daba abasto, comenzó a ignorar denuncias de abuso, a desprender a los niños de sus familias, y a dejar de proporcionar servicios de salud mental. Ahora, esto es objeto de una demanda colectiva federal que imputa una pésima gestión a gran escala.

En Arizona, que tiene uno de los índices más altos de deportación, los hijos de los deportados enfrentan condiciones aún peores. Con frecuencia son confinados en un sistema de adopción temporal de menores que no tiene idea de cómo devolverlos a sus padres fuera de los Estados Unidos. Las agencias de protección a menores en el país no llevan un registro de cuántos niños que se encuentran bajo custodia estatal tiene a alguno de sus padres detenidos o deportados, pero la estimación nacional más reciente, de 2011, marca la cifra de 5,100 y va en aumento. Estos niños se encuentran atrapados entre los sistemas de inmigración y de asistencia a menores, lo cuales están perfilados para reunir a las familias en la medida de lo posible. Sin embargo no existe una política pública clara para estos niños, y las audiencias de reunificación pueden prolongarse durante años. Cuando los casos logran llegar a las etapas finales en los juzgados de lo familiar, a menudo los niños se enfrentan a una decisión imposible: Quedarse sin su familia en el estado que ellos conocen como su hogar o mudarse con los padres, que no han visto en mucho tiempo, a un país que desconocen.

Durante los primeros cinco meses del encarcelamiento de Gloria, los hermanos Marin se la pasaron viviendo entre las casas de amistades y tíos, fuera del radar del CPS. Primero fue Lety, amiga de su mamá, que les permitió dormir a todos juntos en un colchón. Luego fue la tía Sharon en Buckeye, a una hora hacia el oeste de Phoenix, que los metió a escuelas nuevas y los supervisaba constantemente. Finalmente se fueron con la tía Dora, que vivía a una cuadra con sus cinco hijos. Los Marin visitaron a Gloria en la cárcel muy pocas veces, hablaban a través de cubículos de madera, ella tenía las muñecas encadenadas a la mesa. Después de esa vez, los chicos tenían noticias de su madre mediante tarjetas postales. “Espero que estén bien, lamento mucho que haya pasado todo esto”, escribía Gloria a su hijo Angel en español. Él no sabía a quién culpar. A veces, Angel pensaba que todo era culpa de Gloria: el caos de los hogares nuevos, su soledad, su enojo. En otros momentos, pensaba que él era responsable, cuando en el pasado se desesperó con su mamá y le dijo que deseaba que desapareciera. “No sé qué decir”, me dijo. Prefirió hablar de caricaturas y garabateó “I ♥ u!” en un papel agujereado.

En diciembre de 2010, ocho meses después del arresto de Gloria, intervino el padre de Angel y Yesi, y Angel pensó por un momento que la vida familiar podría comenzar de nuevo. Omar, que era de Honduras y manejaba un taxi para ganarse la vida, desde hace años se había presentado esporádicamente. Esta vez se llevó a los cuatro chicos a vivir a un pequeño tráiler en un terreno baldío en Buckeye. Cuando vivían con Gloria, cada uno de los niños escogía un color para pintar las paredes a un lado de sus camas: turquesa y rosa encendido en una recámara, amarillo canario y rosa claro en la otra. En el tráiler de Omar no había ni pintura ni música ni muebles, sólo tres colchones, uno en cada recámara.

DIÀNA MARKOSIAN/CALIFORNIA SUNDAY MAGAZINE

Las cartas y postales que los niños enviaban a Gloria mientras cumplía su sentencia.

Omar se fue al poco tiempo, a veces pasaban días, a veces semanas, antes de que él regresara. Al no tener crédito en sus celulares, los chicos no podían hablar con Gloria, Angel decía sentirse libre de alguna forma: sin ser una carga para sus tías o estar sujeto a las reglas de los demás. “Es algo que siempre quise de niño: estar sin padres,” dice. Podían hacer lo que quisieran, fumar mariguana o montar a caballo cerca de la refaccionaria de autos a un lado de las vías del tren.

  • “Lo importante es estar juntos. No importa qué tan mal estén las cosas.”

Siendo la mayor, Evelyn se hizo cargo. En las tardes llenaba la casa de amigos. Arrastró unos parlantes para usarlos como sillas en la sala e improvisaba con la comida, trituraba Chester’s Flamin’ Hot Fries [Cheetos] en la sopa. Como no tenían nada de dinero, sólo cupones de comida, robaban. Las hermanas también vigilaban el asma de Angel. Si él empezaba a jadear, ellas ponían agua a hervir y colocaban la cabeza de Angel sobre el vapor. En las mañanas paraba un autobús escolar para recoger a Briza y a Angel, pero nadie obligaba a las hermanas mayores a ir a clases, así que no iban.

Después de mucho tiempo, apareció el Servicio de Protección a Menores. En febrero de 2011, dos meses después de que Omar los dejara en el tráiler, los trabajadores sociales notaron “hematomas en los niños, nada de comida en la casa,” y “los niños están solos por largos periodos de tiempo, una semana o semanas”. Omar instruyó a Yesi a decirles a los trabajadores sociales que todo estaba bien. Si no tenían cuidado los iban a separar. Los trabajadores sociales no hacían visitas con frecuencia, pero cuando empezaron a hacerlo, Yesi respondía a sus preguntas con respuestas memorizadas. “Lo importante es estar juntos”, decía. “No importa qué tan mal estén las cosas.”

DIÀNA MARKOSIAN/CALIFORNIA SUNDAY MAGAZINE

Yesi con su hijo.

De ojos grandes y mejillas redondas, Yesi siempre ha llevado su inocencia en el rostro. De sus amigos, ella era la estrepitosa y siempre fue directa. Meses después del arresto de su mamá, dejó de hablarles. Comenzó a sufrir ataques de ansiedad. Su pulso se aceleraba y su respiración se agitaba cuando estaba con mucha gente. El sudor punteaba sus dedos. En Buckeye, cuando los vecinos la invitaban a salir, mentía y les decía que tenía que quedarse en casa. Comenzó a encerrarse en su recámara.

Cuando cumplió 15 años, recordó la canción que Gloria le cantaba cada año “Las Mañanitas”, su canto desentonado y a todo pulmón al amanecer. La cosa era peor si Omar andaba por ahí. En cualquier momento podía darle una paliza.

  • “Todo lo que quería era que me abrazaran y que me dijeran ‘Te amo,’ y tener buenas comidas juntos.”

Yesi dejó de comer y se quedaba en su cama todo el día; sólo vestía de negro, las uñas pintadas del mismo color, cuando encontró una cuchilla de un solo filo en el trailer, se cortó los antebrazos a lo largo. Había escuchado que de esa forma podía suicidarse. Pero con sólo ver la sangre se soltó a llorar, y con eso bastó. Los amigos de Evelyn se metían a la casa a cada rato, y cuando un hombre mayor empezó a presentarse en la puerta de Yesi, ella pensó que esa era su oportunidad de empezar de nuevo. Nunca antes había estado con un chico; no sabía cómo besar. “Todo lo que quería era que me abrazaran y que me dijeran ‘Te amo,’ y tener buenas comidas juntos”, dijo. Cuando le hizo saber que ella quería formar una familia, él se le lanzó a ella con más fuerza. “Si él insiste tanto en estar conmigo, quiere decir que me quiere, ¿cierto?” se preguntaba.

Angel siempre ha tenido un carácter fuerte, pero comenzó a violentarse con facilidad, golpeaba las paredes o arremetía contra los niños cuando lo molestaban. Yesi parecía odiarlo. Y Evelyn pasaba la mayor parte del tiempo con sus amigos. Después de la escuela, Angel empezó a juntarse con una pandilla que robaba bicicletas BMX y llantas de autos en la colonia. La emoción de robar lo hacía sentir vivo, era un escape de toda esa monotonía.

En las tardes, Angel y Briza veían caricaturas como He-Man y los Amos del Universo, que se trata de un adolescente que es reclutado para defender su planeta de las fuerzas del mal. Angel también empezaba a fijarse en las niñas. Tenía toda clase de preguntas y nadie a quién preguntar. Sé preguntaba qué era el amor, y cómo podía saber si era real, y cómo, exactamente, podía él saber si las personas lo querían en su vida o si sólo estaban jugando con él.

Cada noche lo acosaba el mismo sueño: “Mi mamá está cocinando, y yo cruzo la puerta y la escucho mover los platos, Telemundo está en la TV”. Se despertaba buscando el cuerpo de su madre que no estaba ahí. Giraba su almohada a lo largo e imaginaba que era ella.

En el verano de 2011, Omar se mudó con los niños a un departamento en Phoenix, Evelyn huyó (no habló conmigo para esta historia). Yesi le escribió a su mamá pidiendo ayuda. “Hola Mamá, sé que no te he escrito en mucho tiempo, pero es porque no quiero afligirte con lo que está pasando,” comenzaba la carta. “Estoy cansada de llorar sola, necesito a mi mamá.”

Gloria solamente podía comunicarse con los niños cuando Omar se tomaba la molestia de pagar las llamadas, lo que casi nunca hacía. Un carcelero le recomendó leer El libro de Job. Gloria fue criada como católica pero dejó de asistir a la iglesia. Sin embargo, la historia de Job le pareció profética. Él había perdido sus hijos, su casa, su salud. Cuando reconoció su fe en Dios, su mundo regresó a él. No debes negar a Dios, pensó Gloria. Él te devolverá todo. Leía la Biblia por horas y rezaba de rodillas tres veces todos los días.

En otoño, el abogado de Gloria le recomendó que se declarara culpable. Si llevaba el caso a juicio y lo perdía, podían condenarla a diez años de cárcel. El día de su sentencia, Yesi fue al juzgado. El juez sentenció a Gloria a 19 meses en la prisión de Perryville. Tras su liberación, sería deportada. Nunca más podría regresar.

Fue gracias a Gloria que el CPS se enteró de la carta en la que Yesi se quejaba de Omar, los trabajadores sociales empezaron a hacer visitas semanales para investigar. Sólo entrevistaban a los chicos en frente de Omar —una violación a las políticas del servicio—, Angel y Yesi no querían meterlo en problemas o lidiar con su ira. “Nos hacían sentir que habíamos hecho algo mal”, dice Yesi respecto a los trabajadores sociales, “pero estábamos siendo niños y actuando como tales”. Los supervisores se dieron cuenta de que seguía habiendo escases de comida en la casa y que Omar seguía dejando a los niños solos. Después descubrieron que Yesi estaba embarazada y que no estaba recibiendo los cuidados necesarios, los trabajadores sociales programaron una serie de sesiones para asesorar a Omar en temas básicos de paternidad: seguridad, supervisión y salud. Pero rara vez se presentaba, enviaba a su novia en su lugar.

Era de esperarse que los niños permanecieran con Omar un año más. El CPS estaba ahogado en denuncias de abuso y abandono. Luego se hizo público que la institución no había investigado 6,600 casos. Fue sólo hasta que Yesi empezó a tener contracciones y Omar se negó a llevarla al hospital que el CPS intervino. (El departamento se negó a hablar sobre los casos de los Marin.) El 21 de febrero de 2012, la tarde en que Yesi dio a luz a una niña, Protección a Menores retiró a los niños de su casa, ahora estaban bajo custodia del Estado.

DIÀNA MARKOSIAN/CALIFORNIA SUNDAY MAGAZINE

Angel.

Cuando los niños Marin se fueron de la casa de Omar, pensaron que se trataba de un cambio más, como las mudanzas anteriores. No entendían el hecho de que habían ingresado al programa de adopción temporal. Los trabajadores sociales los colocaron con Alicia (no es su nombre real), otra amiga de Gloria, que vivía ilegalmente en una casa en la parte oeste de Phoenix. A Angel le gustaba que Alicia cocinara como Gloria y que escuchara las mismas canciones de amor en el radio. Yesi se la pasaba consintiendo a su recién nacida en su recámara —casi no salía de ahí.

En ese año, el número de niños bajo el cuidado del estado de Arizona estaba alcanzando una cifra récord. Más de 14,000 niños estaban en el sistema —un alza de casi el 50 por ciento desde 2007. Después de los recortes en la época de la recesión, los supervisores que se quedaron tenían en promedio el doble de casos de lo recomendado por el mismo departamento, 20 niños sin hogar por cada empleado. Una ex trabajadora social en Phoenix me comentó que llegó a trabajar en más de 55 casos al mismo tiempo.

Al ser su custodio legal, el CPS era responsable de proveer a los niños de servicios de salud mental. Entre el 70 y el 85 por ciento de niños bajo el programa de adopción temporal de Arizona padecen trastornos de conducta significativos. El CPS debe asegurar que los niños sean evaluados para tratamiento; los trabajadores sociales son los encargados de llevarlos a sus primeras citas y de supervisar los servicios continuos. A los pocos días de estar con Alicia, “un equipo de respuesta rápida” remitió a los hermanos a citas médicas en una clínica de salud mental y dejó mensajes para los trabajadores sociales asignados. Sin embargo, llegó la fecha de las citas y los trabajadores sociales no llevaron a los chicos; nunca se hicieron cargo de acompañar a los Marin. Una evaluación de 2014 revela que la mayoría de los niños del programa de adopción temporal de Arizona no acudieron a sus citas de admisión durante el tiempo requerido.

Aunque los trabajadores sociales no llevaron a los niños a sus terapias, Protección a Menores no había desaparecido de sus vidas. Dos trabajadores sociales fueron asignados para el caso de los Marin, visitaban y hacían preguntas cada dos semanas para ver cómo estaban. Angel y Yesi llevaban meses pidiendo visitar a Gloria, y finalmente un supervisor llevó a los chicos a Perryville. Cuando llegaron, Gloria se veía frágil en su uniforme anaranjado. Sus ojeras le colgaban como medias lunas oscuras. Yesi le dio a cargar a su bebé, y Gloria se iluminó con una sonrisa entre lágrimas.

“¿Tienes hambre?” preguntó Angel, haciendo gestos hacia la máquina dispensadora, echando unas monedas en la mesa. Yesi no quería verse triste, así que cambió la conversación para hablar de la música que solían escuchar, reían de los pasos de breakdance de Angel, de cómo Gloria ponía a Michael Jackson a todo volumen mientras que los niños hacían los quehaceres. No quería que su mamá pensara que no eran lo suficientemente fuertes para estar por su cuenta. Era la primera vez que Yesi, Angel y Briza veían a Gloria después de casi un año. Sería la última vez que la verían en los Estados Unidos.

A principios del verano, el CPS reubicó a los chicos de nuevo, esta vez con Martina, cuñada de Gloria. Ni Gloria ni los niños pudieron opinar al respecto: Martina tenía green card, y Alicia era indocumentada. Sin embargo, según Yesi, Martina no los quería. Se quejaba fuertemente de que no podía con sus cuatro hijos. Adoptar a los Marin no valía el dinero que le daban, la escuchó decir Yesi. Cuando Angel era insolente o hacía berrinches, dice, ella lo amenazaba con llamar a la trabajadora social. Martina, por su parte, lo niega.

Un par de semanas después de que los jóvenes se mudaran, un hombre de playera polo gris y kakis llegó a casa de Martina buscando a Angel. “Güey, te buscan,” dijo el primo de Angel, despertándolo. Angel no conocía a ese hombre. Resulta que la trabajadora social que llevaba el caso de Angel estaba preocupada de que se involucrara con una pandilla. “Vamos a ponerte en un programa de apoyo para muchachos como tú”, dijo el hombre mientras Yesi y Briza observaban desde el sillón. “¿Qué significa eso?” preguntó Angel. Miró de reojo a Martina, quien no le devolvió la mirada. (Martina dice que ella también estaba sorprendida.) Confundido, Angel fue a hacer una maleta, pero le dijeron que dejara todas sus cosas. Tenemos que hacer esto —esta vez solos, pensó, subiéndose al coche.

DIÀNA MARKOSIAN/CALIFORNIA SUNDAY MAGAZINE

Briza.

El nuevo hogar de Angel era la Academia Canyon State, una extensa institución construida con ladrillo aparente para jóvenes varones delincuentes y dependientes, de 180 acres en el valle desierto de las montañas de San Tan. “¡Vamos, arriba, arriba, hora de levantarse!”Angel saltó de su litera la primera mañana. Los dormitorios no tenían puertas, y el personal estaba gritando por el pasillo. La enorme residencia juvenil tenía dos programas: uno para chicos en adopción temporal que necesitaban una cama donde dormir entre colocaciones, y otro para muchachos involucrados en delincuencia.

Con 1.30 metros, Angel nadaba en su uniforme, los shorts color granate se le resbalaban de la cintura, sus brazos parecían palillos en la enorme camiseta. Canyon State albergaba a 350 varones aproximadamente, y Angel, de trece años, era de los más jóvenes. “Él era un poco diferente —más callado,” me dijo LaMont King, su jefe de grupo. Angel tenía la cabeza rapada como sus otros compañeros y debía dirigirse al personal como “Señor” o “Señora”. Todos los días los despertaban a las 4:50 a.m. para hacer ejercicio: abdominales, lagartijas y sentadillas en la oscuridad antes del amanecer. Después llegaba la hora del desayuno, la limpieza, clases y terapias de grupo como control de la ira y para “superar a la pandilla”.

La mayoría de los chicos del programa para jóvenes delincuentes en el que estaba Angel tenían historias que contar: habían desmantelado coches, combatido adicciones a la metanfetamina, habían robado, o agredido a policías. “¿Por qué estoy aquí?” se preguntaba Angel. Él no había tenido ningún problema legal. El CPS estaba tan saturado por la cantidad de menores que ingresaban al sistema que no siempre podían encontrar familias adoptivas o internados adecuados. Se sentía confundido, pues no sabía por qué había desaparecido su asistente social una vez que ingresó a Canyon State; ella debía reportarse con él cada cuatro semanas. Él dice que una sola vez supo de ella, seis meses después. Angel no era buen estudiante, pero era listo. Sabía que para arreglárselas necesitaría inventarse una historia. Le dijo a sus compañeros que había estado con bandas pesadas, traficando heroína y ladrillos de coca.

Angel le tenía pavor a los fines de semana; los muchachos podían ir a sus casas o hablar con sus familiares. Él pudo hablar con alguien muy pocas veces. Tenía permitido hablar con su mamá y sus hermanas, pero coordinar con la prisión era muy complicado. Cuando llamaba a la casa de su tía, ella casi nunca contestaba. Angel no lo sabía, pero su asistente social había solicitado que el departamento asignara un auxiliar para Gloria, para ayudarla a ver a sus hijos cada mes. Pero estas visitas nunca ocurrieron. “Debido a la falta de recursos, [Gloria] sigue estando en lista de espera”, escribió la trabajadora social de Angel al tribunal.

Angel no tuvo visitas por casi medio año. Para disimular que se sentía abandonado, decidió bloquear a las personas. “Sentía que sólo querían deshacerse de mí, rechazado,” dice “, y no quería relacionarme con nadie, ni siquiera hablar con mi propia familia.” King me dijo que en los días de visita, podía ver cómo Angel se deprimía: “Es como si, ‘Mi asistente social no aparece, no puedo hablar con mi familia. Necesitas algo para aferrarte, porque uno mismo no es suficiente.’”

Angel comenzó a anticipar lo que lo enfurecería —simples bromas de “tu mamá” podían causarle mucha ira. En otras ocasiones su rabia se hacía cargo. Una vez, un compañero de cuarto le lanzó una almohada, y Angel sintió su cuerpo levantarse y correr hacia el chico, lanzando puñetazos y empujándolo contra la pared. Angel no quería perder el control, le gustaba cuando el personal lo felicitaba en sus días buenos. Después de un tiempo empleó las técnicas que había aprendido en las terapias de grupo. Al sentir que la ira iba creciendo —su piel se calentaba, veía un resplandor de luz a su alrededor— se ponía a dibujar. Le gustaba esbozar las manos orando y ponía sus dibujos en su tablero de corcho.

Cuando sus pensamientos se volvieron más violentos, Angel solicitó ir a terapia. Pasaron semanas antes de que lo inscribieran a las sesiones. Poco después, su consejero se fue, y Angel tuvo que esperar semanas para ver a uno nuevo. Este retraso no era nada nuevo para el personal. Los tiempos de espera para los menores en adopción pueden ser de dos a seis meses en Arizona, y los trabajadores del CPS no tienen un sistema para saber si los chicos están recibiendo las terapias. Angel no podía dormir por las noches y se quedaba viendo fijamente hacia la puerta abierta. Algunos días luchaba contra la voz burlona en su cabeza que le decía: Sigues diciéndote a ti mismo que debes continuar pero ¿qué es lo que te queda?

DIÀNA MARKOSIAN/CALIFORNIA SUNDAY MAGAZINE

Angel afuera de la prisión donde estuvo su madre primero.

En noviembre de 2012, cinco meses después de que Angel ingresara a Canyon State, el personal del internado encontró a Yesi, y Angel la llamó. Estaba en una casa-hogar para madres y niñas adolescentes en Scottsdale llamada Girls Ranch. El CPS las envió ahí, a ella y a su hija, en agosto. Esta era la primera vez que le permitían a Yesi usar el teléfono.

Cuando llegó una mujer a recoger a Yesi, Briza empezó a gritar, “¡Por favor no me dejes, no me dejes aquí! ¿Puedes llevarme contigo?” Durante meses Yesi podía escuchar las palabras de su hermana en su cabeza. Los hermanos Marin ahora estaban separados. Briza se quedó con su tía, Evelyn estaba por su propia cuenta en Phoenix. Y Angel y Yesi estaban en residencias a 30 millas de distancia, sin manera de saber dónde estaban los otros o en dónde podrían terminar.

“¿Qué lugar es este?” preguntó Yesi a las otras chicas cuando llegó. No sabía que existían lugares así. Había barreras para bebé repartidas por el laberinto de pasillos. Quince o más chicas compartían una casa de una planta, dos en cada recámara. Sus hijos dormían en cunas a un lado de sus camas.

Sin celulares, sin redes sociales, sin tener contacto con nadie sin la autorización del CPS —las reglas eran claras. El problema es que el asistente social de Yesi no había aprobado visitas ni autorizado que pudiera salir de las instalaciones.

Cuando las otras chicas iban a sus casas los fines de semana, Yesi se quedaba sola. “No tenía contacto con nadie”, dice. El personal de la residencia trató de encontrar al asistente social de Yesi, pero no tuvieron respuesta durante casi tres meses. “Desafortunadamente eso pasa muy seguido en este sistema”, dice Emily Fankhauser, un miembro del personal de Girls Ranch mientras Yesi estuvo ahí. “Una vez que llegaba una muchacha a la residencia, les decía: ‘va a ser muy difícil encontrar al supervisor de tu caso. Te informo que estamos haciendo todo lo posible.’”

Yesi caminaba por el extenso patio trasero y trataba de asomarse al otro lado de la barda de concreto, hacia el albergue para infantes contiguo, donde los bebés gateaban por todos lados. Una compañera le dijo que un sitio de citas poco conocido, MocoSpace, aún no había sido bloqueado de las computadoras comunales. Habían creado una cuenta falsa para hacer contacto con sus hermanos. Se sentaban ante la pantalla por horas, esperando una respuesta. Eventualmente, respondió Evelyn, y una vez que Yesi la convenció de que sí se trataba de ella, pudieron platicar en breves mensajes de texto.

Después de seis semanas en la residencia, Yesi empezó a asistir a terapia. No le habló al terapeuta de sus ataques de ansiedad, de cómo no podía estar rodeada de mucha gente sin sentirse mal, ni de la vez que su maestro le pidió hacer una presentación y vomitó en frente de todo el salón. Tenía miedo de que la medicaran y de que el CPS le quitara a su hija. El terapeuta le pidió que cerrara los ojos y que pensara en las cosas malas. Cuando Yesi lo hizo, sólo podía ver a Tarzán, otro niño sin familia, en la selva. “¿Qué es lo que te está lastimando?” le preguntaba el terapeuta. “Sólo quiero a mi mamá”, decía Yesi, una y otra vez. No sabía si en México había internet o teléfonos celulares y estaba convencida de que no volvería a hablar con ella.

Después de un tiempo parecía fácil olvidarse del mundo afuera de las paredes. “Estaba como en un lugar flotante”, me dice. “En realidad no pensaba en nada ni en nadie.” Otras internas se manifestaban lanzando juguetes o golpeando al personal. “Su ira era silenciosa”, me dijo Fankhouser. “Ella no explotaba, pero podía tumbarte con una frase.” Yesi no trató de escapar, pues quienes lo hacían, normalmente dejaban a sus hijos. “Quería una niña, porque me dije: si yo no tengo ese amor maternal, yo se lo daré a ella”, me dijo. Cada noche, Yesi se metía en la cuna de su hija para dormir acurrucándola.

A Yesi le asignaron una auxiliar para prepararla para la vida adulta. Cuando la mujer escuchó la historia de Yesi, le dio a escondidas un teléfono celular con la condición de que lo mantuviera en secreto. Finalmente Yesi pudo hablar con Briza, que seguía viviendo con su tía, pero dice que Briza sólo respondía con monosílabos, como robot, y que podía escuchar la respiración de su tía en el auricular. La auxiliar también acompañó a Yesi con un nuevo terapeuta. Llevaba una recomendación: Yesi necesita hablar con Gloria.

Yesi no sabía que a la misma hora en que Angel la llamó por primera vez, Gloria y otras 15 mujeres estaban siendo conducidas en una camioneta por el centro de Phoenix, pasando por Tucson, hasta el desierto de Sonora. Cuando cruzaron la frontera en Nogales, las mujeres salieron corriendo, sujetando una bolsa de plástico con sus pertenencias. Gloria llevaba los archivos de su caso, un paquete de cartas de sus hijos, y dos álbumes de fotos familiares de 4 por 6.

Quería luchar contra la orden de deportación, pero no podía soportar seis meses más sin sus hijos en lo que esperaba una audiencia en inmigración. También sabía que con una condena por un delito grave y con hijos sanos, no tenía muchas oportunidades de lograr que se revertiera la orden.

En Nogales, se sentó en un cuartito en el cruce fronterizo mientras los oficiales explicaban a las mujeres el tipo de cambio y el sistema de transporte público de la ciudad. Al final de la orientación, Gloria se acercó a un oficial. “Mis hijos están bajo la custodia del CPS”, dijo. “¿Cómo los recupero?”

DIÀNA MARKOSIAN/CALIFORNIA SUNDAY MAGAZINE

Yesi en su casa en Phoenix.

Cuando Gloria llegó a Nogales, una ciudad que nunca había visto, llevaba consigo $50 dólares en efectivo que había ganado lavando trastes en prisión. Comparado a Estados Unidos, todo se veía más pequeño: las tiendas eran de un solo local, los caminos angostos y empedrados; las casas de colores encendidos en los cerros. No conocía a nadie en Nogales, pero moverse más hacia adentro de México, irse a su ciudad, significaba alejarse aún más de sus hijos.

Tan pronto como pudo, Gloria fue a las oficinas para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), la agencia mexicana de protección a menores, donde se reunió con un abogado que ayudaba a padres de familia como ella. “Va a ser muy difícil recuperar a sus hijos”, recuerda que le dijo. “Va a necesitar una cuenta bancaria, una casa para los niños, y un buen trabajo con un buen salario.” Un trabajador social de esa oficina, que asesoraba docenas de casos similares, le dijo que era muy probable que no obtuviera una resolución final hasta dentro de un año.

No existen datos de cuántos padres de familia que viven en el extranjero están tratando de recuperar la custodia de sus hijos bajo el sistema de protección de los Estados Unidos. En los últimos dos años, los consulados mexicanos han atendido 4,600 consultas de reunificación respecto a niños en los Estados Unidos, pero esa cifra no distingue los casos de custodia entre los padres de niños que están bajo la custodia del CPS. Coordinar un caso legal en los Estados Unidos con un padre de familia del otro lado de la frontera es muy complicado. El trabajador social de Gloria en Nogales me dijo que en aproximadamente la mitad de sus casos, las agencias de protección a menores han demorado hasta cinco meses en darle información sobre los servicios específicos —clases de crianza, exámenes psicológicos, estudios del hogar—que necesitan los padres de familia para ganar sus casos. En el lado de los Estados Unidos muchos trabajadores sociales ni siquiera saben a qué funcionario llamar en México con el fin de evaluar a los padres. A veces no confían en las evaluaciones que les mandan. Estos obstáculos hacen que muchos padres terminen rindiéndose.

Gloria pasó sus primeros meses obteniendo una identificación mexicana, haciendo exámenes de español para obtener créditos escolares, y, finalmente encontrar un trabajo en una fábrica, ensamblando arneses para cables de automóviles y refrigeradores; ganaba $4 dólares al día. Por medio del departamento de Desarrollo para la Integración Familiar, tomó clases de crianza para comprobar a los juzgados estadounidenses que era capaz de ser madre de sus hijos, y pagó los análisis de anti dopaje que le solicitaron. Cada mes, más o menos, asistía vía telefónica a sus audiencias en el tribunal de lo familiar en Phoenix. A veces miraba hacia montañas de la frontera y se imaginaba qué pasaría si volviera a cruzar.

En un principio, Yesi, Angel y Briza dijeron que querían irse con Gloria. Los meses se prolongaban, y Gloria los llamaba más seguido. Se escuchaba diferente. Hablaba de Dios en cada llamada y Angel se sentía muy lejano a ella. “Era como si no la conociera”, dijo. No se reía de sus bromas como lo hacía antes, cambiaba la conversación para contar la historia de Moisés y David. Angel seguía conteniendo su enojo. Quizás si ella hubiera investigado más sobre su patrona, nada de esto hubiera pasado. Pero Angel sabía que si decía algo así la lastimaría. Ninguno de los chicos se atrevió a hablar sobre cómo los había afectado la separación. Era más sencillo fantasear sobre el futuro.

Cuando Angel solicitó ver a Gloria, su asistente social le dijo que no era posible. Sus hermanas tampoco obtuvieron el permiso. En la mayor parte de Arizona, los trabajadores sociales no reciben la capacitación para arreglar visitas con un padre de familia que se encuentra al otro lado de la frontera. El consulado mexicano puede escoltar a los niños, pero la logística es complicada. La mayoría de las oficinas de gobierno cierran los fines de semana que es cuando los chicos están desocupados, y los muchachos necesitan órdenes judiciales antes de poder ir. Un ex trabajador social que llevo los casos de aproximadamente 20 chicos en estas circunstancias, me dijo que los muchachos veían a sus padres una vez al año.

DIÀNA MARKOSIAN/CALIFORNIA SUNDAY MAGAZINE

Nogales, México desde el lado estadounidense de la frontera.

DIÀNA MARKOSIAN/CALIFORNIA SUNDAY MAGAZINE

Gloria y Briza en su casa en Nogales.

En la primavera de 2013, cinco meses después de que Gloria fuera deportada, el juzgado de lo familiar del Condado de Maricopa dio la aprobación a Gloria para que fuera a visitarla su familia. Angel ya había ganado puntos en Canyon State, podía visitar a Briza en casa de su tía, quien podía llevarlos a México. Yesi no fue —dice que su asistente social nunca mencionó tal viaje. Cuando Angel y Briza cruzaron la frontera, divisaron a Gloria.

Angel no la reconoció cuando se bajó del asiento trasero. No llevaba maquillaje, su pelo era lacio, mechones de canas enmarcaban su cara cuadrada. Una sudadera holgada sustituía sus blusas brillosas. “Mi mamá me tomaba de la mano y se sentía raro”, dice. “Como si una extraña tomara mi mano.” Briza también se paralizó. Su mamá se veía más flaca de lo que ella recordaba, y también mucho más tímida.

Tanta libertad, pensó Briza mientras conducían por Nogales. Grupos de gente se reunía en las banquetas, había músicos cantando en los restaurantes. Angel se percató de los signos de pobreza: las casuchas de concreto y las calles llenas de baches. “¿Con quién vives? ¿Tienes suficiente comida?” Preguntó. Angel no dejaba de abrazarla. Gloria le dijo que no se preocupara y que se portara bien para que pronto pudieran estar juntos de nuevo. Cuatro horas después, se acabó. Los chicos se subieron al coche y se dirigieron al norte. Una espesa lluvia golpeaba el capó del auto.

En Arizona, los hermanos esperaron la orden del tribunal en la medida en que avanzaba el caso de reunificación de Gloria. Cuando Briza se sentía ansiosa en casa de su tía, se sentaba en su cama y se decía a sí misma con fuerza: “Todo va a estar bien. Seremos una familia de nuevo.” Yesi les dijo a sus supervisores que quería vivir con Gloria, pero le dijeron que no podía. Ahora ella tenía 16 años, era una joven adulta, y tenía que pensar en su hija y terminar la preparatoria. Yesi pudo presionarlos pero no lo sabía. “No sé por qué no querían que me fuera” me dijo. “Pero también estaba asustada. No sabía qué pensar o qué esperar. Sentía temor de —bueno, ¿cómo sería ella?, ¿sería la misma de siempre?”

Angel también estaba devastado. Quería a su mamá, pero al igual que Yesi, tenía miedo. México era peligroso —al menos eso fue lo que escuchó. Se dio cuenta que aunque se fuera, su familia seguiría estando separada; Yesi y Evelyn muy probablemente se quedarían en Phoenix. Principalmente pensó en lo difícil que ya era la vida para Gloria en Nogales. Apenas puede mantenerse a sí misma. “Es como un pez en una pecera”, me dijo. “Estaba acostumbrada a vivir con otros peces, tú qué sabes, se acostumbró a ellos, y de la nada fue arrojada al océano.” Él no quería ser una carga para ella.

El día antes de la audiencia final, en julio de 2013, Angel llamó a su madre. Estaba nervioso. Sabía que le causaría más dolor. “Siempre serás mi mamá. Nunca lo voy a olvidar”, le dijo. “Pero mañana en la corte diré que no quiero irme a México.”

El 17 de agosto de 2013, tres años y cuatro meses después del arresto de Gloria, Briza Marin de 10 años fue la única que quiso cruzar a México. Su asistente social la llevó hasta la reja de acero que serpentea en la frontera en Nogales. Caminó por un corredor hasta una puerta giratoria, la empujo hacia la derecha y salió del otro lado.

DIÀNA MARKOSIAN/CALIFORNIA SUNDAY MAGAZINE

Gloria y Briza en Nogales.

Gloria y Briza tardaron casi un año en conocerse. Habían hablado por teléfono muy pocas veces mientras Gloria estaba en prisión —Briza dice que su tía no la dejaba, y cuando Gloria se quejó de esto con el trabajador social, nada cambió. Cuando Briza llegó a Nogales, había olvidado casi todo el español, así que juntas armaban oraciones incompletas. Briza era distante y voluble —no era la misma parlanchina de 7 años. Robaba dinero de la cartera de Gloria. Era insolente y peleonera en la escuela. Gloria la sentaba en la mesa de la cocina “estoy haciendo todo lo que puedo”, le decía. “Esta es tu casa. No quiero lastimarte”. Durante meses compartieron la misma cama, Gloria se levantaba todas las mañanas a las 3 o 4 para irse a trabajar. Poco a poco, la desconfianza que Briza había cultivado con Martina comenzó a disminuir.

Ángel se graduó de Canyon State en 2013. Era el más joven en alcanzar el rango de Ram [Carnero], el segundo reconocimiento más importante de la institución; el personal improvisó una reunión para mandarle hacer una chaqueta extra chica. Después de graduarse, Ángel se mudó con su tía Sharon y sus cinco hijos. Los primeros meses era muy educado y reservado. “El Ángel de antes había vuelto”, dice Sharon, “sus bromas, su energía y su forma de proteger”. Su ira también regresó, y hacía llorar a sus primos. Él dice que su depresión siempre estará ahí, como “un suéter que usas todos los días”. A principios de este año, se fue de la casa de Sharon. Ahora comparte un cuarto con Omar, aunque Omar casi nunca está. Tiene planes de ser el primero de los hermanos Marín en graduarse de la preparatoria.

Angel piensa a menudo en cómo, al perder a su madre, cambió su percepción del amor. “No sé qué es el amor”, dice. “Me dicen que uno debe amar a su madre, y yo digo que la amo, pero no sé si el amor debe sentirse de esta forma. Me siento tan vacío.” A veces habla con Gloria sobre cómo se ha desvanecido su amor. No sabe qué hacer, y también duda que algún día tenga algún romance. Sigue sin poder dormir bien —sólo cuando hay otra persona acostada con él. Cuando fue a Nogales por primera vez, después de que Briza se mudó allá, se acostó a un lado de Gloria. El contacto de la mano de ella sobre su brazo lo hizo dormir por diez horas. Dice que fue la primera vez que dormía una noche completa desde el arresto.

En cuanto a Yesi, ella ahora tiene 21 años, está casada y tiene otro bebé además de su hija. Sigue teniendo los ojos grandes y sigue siendo platicadora, hablar de su historia le ayuda a entenderla mejor. Después de pasar un año en Girls Ranch, fue transladada a otra residencia sin previo aviso, y después se fue a vivir con Evelyn en Phoenix. En la primavera del 2014, llevó a su hija de dos años a visitar a su madre y a Briza. Fue como si nada hubiera pasado, como si de nuevo fuera una niña con su mamá. “Pensaba que mi hogar era ese tráiler”, me dijo. “Pero mi hogar es donde quiera que ella esté.”

Yesi consideró quedarse. Podía encontrar un trabajo en el lado de Arizona y llegar a dormir con Gloria. Lamentaba no haber ido a Nogales antes, cuando fue Briza. Pero el padre de su hija estaba en los Estados Unidos y tenía que terminar la escuela. La vida estaba en Arizona. Cuatro meses después de su llegada, tomó un autobús hacia el norte. Cuando llegó a Phoenix, pasó una semana en la cama, ignorando las llamadas de su madre. No estaba acostumbrara a escuchar su voz.

Este artículo fue realizado en asociación con The Investigative Fund at The Nation Institute.

Fotografías por Diàna Markosian, una artista armenia-americana cuyo trabajo explora la relación entre la memoria y los lugares. En 2016 fue nominada de Magnum Photos.

Traduccíon por Ximena Atristain.

About the reporter

Lizzie Presser

Lizzie Presser

Lizzie Presser is a journalist based in New York.